3.10.13

Colección miliuna-poesía en la crisis



pensar la imagen
sólo eso
tal vez sea lo interior que persiste del cuadro
del destierro como un lugar dentro de esa sombra 
a la derecha
y es más que un rincón negro bordeando la cornisa
es una masa extendida cubierta
a nuestro lado todo el tiempo
eso que permanece oculto en la foto bajo la negritud
no lo conocemos tal vez sólo intuimos
superficies cubos infantiles con distintas formas que inundan
calles abiertas detrás del paredón materias en juego
nos arriman mientras corremos con la paleta
nos perdemos así bajo el rayo del mediodía que calcina en otoño
y permanecemos enterrados en ese indefinido umbral de luz


-18-


a veces me pregunto por qué sigo durmiendo a la intemperie
pasó la fiesta y aún sigo fijada a preguntas que nadie sabe
en este tendal sólo unos metros cuentan     nos aísla
la bruma blanca y quieta     por qué Dios sigo
con esta pátina cubriendo toda elasticidad
mis párpados se quiebran en la sombra
me pesan ahí dónde
clavé mi relieve
desnuda y arrodillada

En: Alejandra Aguirre, al ras.


I

Empezaré distribuyendo
         tres fotos entre las hojas
y diré que los sensores
que reinan sobre mis hombros
          fueron objeto,
          durante años,
de una extraña recurrencia,
que como una imagen estereoscópica
                 se cernía a gran velocidad
en partículas, circos incendiados,
                             hundimientos…
nunca pájaros ni lagos,
a lo sumo un roce inconcreto
            en la borrasca ocular
o en fin,
          las expiraciones propias
de cualquier torbellino.


IV

Ninguna conciencia,
ningún océano oscilando en la conciencia,
                  ningún intersticio que suavice
la brutalidad central de la escena,
                    en la que cosas y voluntades
giran ciegamente,
impulsadas por el propio despliegue
          de una lógica cuantitativa y demencial.
Ningún contacto ya,
            ninguna entera mismidad en las calles,
sólo disociaciones continuas
             de las que brotan estos mismos gestos.
Y mientras tanto,
enfermo de simultaneidad,
                  camina entre la gente
sin poder captar las alusiones secretas del entorno
que parecen ahora soslayar
           la existencia misma
           de la particularidad
           y el desencanto.


En: Jorge Alarcón, Línea primitiva. 



Ella decía,
No puedo darte más que amor”
y citaba a Sartre sin saberlo. “No hay
peor conciencia que una mala conciencia”, decía.

La plaza de armas,
saltos de rana para la hora de la siesta
en el destacamento de Caleta Olivia, sobre el monte,
las ostras del Mar de China no habían
concluido su ciclo de gestación
la noche que estuvimos en la playa.

Sus piernas se anudaban
como los tentáculos de una medusa
(y a mí las neuronas
en algún lugar perdido,
cuando se da el clímax de tan Ella
subida sobre mí).

Y decía palabras al oído, atascando
el fluír con sus jadeos, con la
música de sus quejidos, arrojándome
el mar de enero sobre la cabeza.

Un amigo dice: “una suerte de Belvedere
al que no se asoma nadie” . . .
o tan sólo mis recuerdos. . .
“en torno a un punto de mala conciencia”.

Y es asì.   

Compulsivo del salto al vacío
El hombre recuerda
lo que pensaba el día
en que el destino lo rozó:
los remedios del espíritu
son como el vino de los mitos,
consuelan al que está en los límites
e insubordinado se plantea
la necesidad del salto.

En: William Anselmo, efectos personales



XII
llama azul de lino
y abajo un sobrado pellejo
donde retiembla el bañado
el garrón se derrumba
haciendo encharcada la pastura 
y toda huella un emplasto
un bulto todo organismo
ovillo de vísceras colmadas
será lo que la ubre vacíe
salvaje su buena leche 
o prodigue llenando corral
si chascan rasgando las tijeras
en una línea de esquila pobre

sigue
ardiendo y ardiendo sin llamas
cuajando un hocico manso
ojo de agua
por ojo de agua
tras las pircas calcinadas
piedras que encajan mejor
para que en un maneo la tarde
se apoye en el canto de la mano
su resplandor venerado
una reliquia que se cuida
bajo la palma cuarteada
como un mapa de cuero vivo
que el vórtice en las testas
remoja con sus rulos blancos
y haciendo puntillas tiznadas sin patrón
a destiempo el bailecito matrero
sigue
para resolverse desnudo o degollado
el fluido sacro del esfuerzo
abona en el aire filoso
contra el paisaje es una espada
y dará su pelea respirando

y cortará sin dudas cuando salga

En: Alejandro Castro, un portal de ovejas. 






I


la frontera de la niña oruga es una larga senda de alcohol


su llama es una palabra que se enciende y deja rastros de bicicleta


una paciencia entre heridas se abre paso y aletea


esta niña en sus sandalias debe cruzar el agua de su menarca


ir más allá


a la densidad de luciérnagas que duermen


apoyar el pie en las humedades de la tierra, dar muchos pasos


su ombligo guarda miel para el viaje


en cada dedo una llave para abrir 


las cinco puertas de la noche y las cinco puertas de la mañana


las estrellas se apagan, las cloacas florecen


la niña oruga no quiere salir a caminar.




resilencia


la infancia era una  boca abierta


temblando contra la noche


así, la carne abierta en gajos de fruta machacada


la sed minando su surco sobre el tiempo 


el sexo no fluye ni miente


el amor y la falta de lactosa 


resurgir  viene por su cuenta


amamantar  lo es todo


ejercer el dominio sobre el propio cuerpo


lleva años de tropiezo.



En: Tania G. Olmedo, las grises






Sur

todos los arboles del velódromo
flamean hacia el norte


el tren es un deseo eufórico
que pasa
y pasa
en intervalos repetitivos


los ciclistas del futuro
pedalean contra su propia maquinaria mental
todo círculo termina
donde comienza el recorrido


el susodicho toma mate
y mira el circuito como si no tuviera final
los roles de perseguido y perseguidor 
se confunden invariablemente


yo camino al borde y mis ropas támbien
flamean al norte
aunque algo
me quiere detener


si escupo para adelante
le mojo la cara al pasado.


La prehistórica

una antena decodificando 
el mensaje inerte que florece

algo fuera de norma


y las palabras se relacionan 
como las personas 
por cercanía o desesperación.


En: Ignacio Gioia, Preferiría no haberlo hecho.





II


Milagrosamente salvamos una parte. Sólo te reclamo el manantial de madre en tiempo austero y las hojas que miran desde el charco, como miramos nosotros desde la bolsa de agua. Rastreando la costumbre me vaciaron los remolinos. ¿A dónde iremos con el musgo en los pies? Hoy también es la hora ventral, verde en el centro de las alucinaciones, un traje de mentiras colgado de las ramas, todo el muro en catarata sobre las raíces. ¿Y qué imaginamos cuando cruza nuestras frentes, dejándonos en la madrugada como insectos moribundos? Nos balanceamos en los mismos hilos, cada vez más cerca, sin chocar, cruzando apenas el pelo, las líneas de la mano. Una ronda líquida en el centro de la mesa puede hablarnos de la memoria. Entonces cantamos mirando tu corona, tu saliva ardiendo en cada plato, las agujas que chorrean hacia la garganta. ¿Será tu sangre impune en el dolor? Nadie me obliga a morir atenta.

En la penumbra de los descuidos buscamos tu fuente de jugo triste. Estamos flotando. La nieve oculta debajo de la alfombra retoños y pulsaciones.


VII



En todos los inviernos cerramos los brazos. Descarne de la transformación. Sé que merodean los salvajes, que sus guaridas están vacías. Bajaremos juntos por la sombra del árbol, abandonados en las mismas palabras. Él dirá mi nombre, yo la nombraré a ella, ella volverá a llamar, círculo de identidad entre seres distintos. Jadeo, aullidos, quejas de sobresalto, fieras extinguidas pero al acecho. En todos los inviernos la misma celda. Atrapar al otro primero, que es uno. Al que le sigue, que vuelve a ser uno en el otro. Historia repetida como el goteo en el techo de la fría estación. Después esperaremos el viento, en la puntual cena, como un puntual tren que vendrá, que barrerá el pan sobre la mesa, los dientes apretados, la turbulencia del mantel. Devorará todo a su paso: las delicadezas, las mentiras piadosas, un amanecer en dudas, la humillación, el pensamiento, lo irreconocible, las certezas. Y dejará el miedo como memoria, como alimento único sin piedad en las bocas congeladas. En todos los inviernos bajamos los brazos. Los inexpertos del amor en la casa desolada vacían el hambre en las grietas oscuras de su dependencia.


En: María Krill, el cuarto. 






En estas quebradas calcinadas
¿qué rapsodia estampa el agujero
de piedra?
¿qué disparo hacia el ojo
fulgurando la noche?
No es la belleza de la órbita,
esa mano que imagina
su modo de ser movimiento.
La luz evanescente
recala en el instinto:
intemperancia auditiva de esos pájaros
en su simetría corpórea.

Ver, oír, tocar

¿Cuál es el órgano que blasfema?
¿Cuál el anzuelo?
Un pictograma que se desdobla:
albatros o alabastro
se difuminan como espuma
al dar de sí
su infinita
procedencia,
rasgo puro o blanco rasgo
que los contiene.





Las verbenas sobre el muro:

mandrágora que mancha lo nocturno,los roedores
se aproximan en su instante de desaparición.
Enlazan de amor, 
frágiles reaparecen.
Es la humedad y su desplazamiento 
en forma perpendicular,
su hambre de frutos, 
aproximación repulsiva
que fuga la animalia hacia lo sagrado. 
El muro, testigo y voyeur
en su espacio compacto (sin ojos)
permanece inconmovible.




En: Victoria Palacios, Turbantes.





I

Y un poco antes vides salvajes

viejas hendiduras


desmonte de escenas

carne puesta al sol a producir
cuerpos alimentando la gula de la sombra


y lo insaciado

de la tierra que aún no les pertenece


III


Recordó la indiferencia aguda

palpando a lleno entre la poca
carne otra sumisión


bien huesudo el meneo frágil

para no negar ni ver

ese meneo ralo en la piel de

no lograr decir


supo así lo que otra vez fue hecho


agachó la cabeza

y
pasó la lengua a la tierra
haciendo el gesto voraz de lo concreto



En: Lucas Serra, primera tierra sin forma

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